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“Era un muchacho lleno de vida, muy querido en la comunidá, quería más justicia para este país”

 Matilde Asencio, madre de un desaparecido de la guerra civil salvadoreña

Matilde camina como arrastrando un dolor colosal, del tamaño del Himalaya.

Es un dolor que pareciera aplastarle el corazón, la tristeza en sus ojos la delata. El dolor de una madre que, un día de agosto de 1988, vio a su hijo de 18 años, Salvador Arévalo, salir de casa, en la comunidad El Paraíso, una barriada al norte de San Salvador, cerca de la colonia Zacamil, y nunca más supo de él.

Es el drama de los desaparecidos durante los 12 años de guerra civil salvadoreña. Algunos registros hablan 8,000, y de 75,000 muertos.

Matilde, de 78 años, sosteniendo el retrato de su muchacho, camina despacio, acompañada de su compañero de vida, Macario Miranda, de 87 años. Toda una vida junta, compartiendo el mismo pan, las mismas alegrías y, también, el mismo dolor.

Matilde y Macario han pasado más de dos horas sentados, en sillas colocadas ordenadamente, debajo de árboles frondosos, en las que se sentaron también decenas de madres y padres como ellos, que perdieron a un ser querido en la guerra. Han escuchado historias tristes de otras familias, de otros desaparecidos y asesinados por escuadrones de la muerte.

Llegaron como todos los años al parque Cuscatlán, en el centro capitalino, a la ceremonia convocada por organizaciones de derechos humanos, la víspera del Día de los Fieles Difuntos, el 1 de noviembre. Es la única oportunidad que tienen de poder colocar una flor, una velita encendida, al pie del Monumento de la Memoria y la Verdad, que resguarda, a modo de homenaje, el nombre de su pariente asesinado o desaparecido.

El monumento es un muro de granito negro de 90 metros de largo, que contiene los nombres de más de 25,000 víctimas de la guerra civil en El Salvador, que desgarró a este país de 1980 a 1992.

Hacia ese monumento se desplazan, finalizado el acto, con lentitud. Los dos hundidos por el peso de una montaña transformada en congoja.

“No queremos morirnos sin saber qué hicieron con Salvador, donde están sus restos”, dice Matilde, con un nudo en la garganta, alzando el retrato del joven.

Salvador ha sido inmortalizado sabe Dios por qué cámara, en qué “fotoestudio” de la capital, en la clásica imagen tipo cédula, pero ampliada a 8 x 10 y enmarcada en un rectángulo de madera blanco. Los ojos ligeramente sesgados, un poco a lo Bruce Lee, mirada penetrante, cabello negro, peinado hacia atrás, con camino en medio, peinado de nalga, le decían. Las cejas bien pobladas y arqueadas, casi una cuma sobre cada ojo.

El fotógrafo que retrató a Salvador, quién sabe dónde y cuándo, nunca supo que aquella imagen que él petrificó en blanco y negro, producto de su destreza con la lente y con la luz, iba a ser mostrada al mundo, 30 años más tarde, en aquel parque del centro de San Salvador, como vestigio de la barbarie que asoló a una familia, a un país, aquel agosto de 1988.

Matilde viste una falda negra de puntos blancos y una blusa blanca, los colores del luto que se estila en los pueblos cuando se visita el cementerio el Día de los Fieles Difuntos. El cabello es corto y entrecano, sujetado hacia atrás por una diadema de plástico negra. Su rostro, tostado por el sol y las penurias económicas, refleja, sin embargo, el ancestral orgullo nahua.

Lleva en su mano izquierda un pequeño ramillete de flores rojas.

Macario es flaco, y el pantalón es sujetado por un cincho de hebilla plateada. Una gorra le cubre la cabeza de los rayos del sol. Los rasgos orientales de Salvador vienen de su padre.

Matilde y Macario avanzan trabajosamente hacia el segmento del muro donde deben encontrar el nombre de su hijo. En aquel mar de nombres, se guían por el año, y llegan al bloque donde se lee: “desaparecidos y desaparecidas, 1988”.

Es casi mediodía.

El calor abrasa con la intensidad del trópico, y la sombra de los árboles es lo más preciado del parque.

Al tronco de un ciprés inmortal descansa José. Ha observado la ceremonia desde unos 20 metros, tirado sobre el césped verde, como quien toma el sol en la playa.

Y como casi no hay salvadoreño que no tenga en su repertorio una historia de guerra, del mismo modo que no hay quien no haya sufrido el golpe artero del desamor, José cuenta la suya, sin preguntarle.

“Mi familia me dio por desaparecido, en realidad me daba por muerto. Me rezaron un novenario en mi nombre y hasta repartieron café y tamales en el noveno día”, narra.

Se sacudió una hormiga que osó subirse al brazo, y continuó: “Arreglaron un altar con mi foto, rodeada de flores, y todos me lloraban”.

José fue soldado, en 1983, ya entrada la guerra. No dice su apellido porque ahora en El Salvador los militares, o para el caso los exmilitares, al igual que los policías, son objetivo de las pandillas.

José es un sobreviviente de uno de los ataques guerrilleros más osados y memorables, el lanzando contra la Cuarta Brigada de Infantería, en El Paraíso, en diciembre de 1983, en el departamento de Chalatenango, a 90 km al norte de la capital.

La Cuarta Brigada había sido, hasta entones, un bastión imbatible. Dos compañías, 800 hombres, controlaban buena parte del norte del país, a excepción de las áreas donde las Fuerzas Populares de Liberación habían establecido ya zonas de control.

Comandos especiales de las FPL habían ido penetrando, cobijados por la noche, el perímetro de la brigada, durante varias semanas, hasta estar tan cerca que se permitieron el lujo de dibujar un esquema claro de las posiciones claves, y con ello, preparar un ataque feroz.

José era apenas un recluta de 17 años cuando aquello pasó. Había sido bajado de un autobús, semanas antes del ataque, en un retén militar montado en la carretera Panamericana, a la altura de Las Delicias, en Santa Tecla. Fue enviado a Chalatenango sin mayor dilación.

Era la 1 de la madrugada del 30 de diciembre de 1983. Nosotros ya habíamos hecho la formación de retreta (la de las 8 de la noche), y nos dispusimos a irnos a la cuadra, donde descansábamos para dormir un rato antes de recibir turnos de patrullaje o turnos en los garitones.

Me tocaba recibir turno a las 3 am, pero a la 1:30 ya estaban cayendo los morteros y fuego de ametralladora, era una lluvia de balas y explosiones impresionante. Cuando desperté ya había volado 10 metros producto del primer impacto del primer mortero, y caí donde estaban los tanques de combustible. Llegó alguien y me agarró de la mano y me dijo levántate y sígueme. No habíamos caminado como una cuadra cuando explotaron los tanques.

Hace una pausa, mira el reloj, y prosigue.

El ataque duró toda la noche, y en la mañana ya habían destruido mi trinchera, y casi todo el cuartel, y allí me capturaron. Me respetaron la vida, y me sacaron fuera de la zona de combate. Habíamos como 60 prisioneros de guerra, entre cabos, tenientes, subtenientes y hasta las nanas que hacían la comida.

Estuve en un grupo donde los guerrilleros me cuidaron bastante, para qué le voy a mentir. Estuvimos en Tejutla, y luego subimos al cerro Miramundo, estuvimos allí como un mes. Me daban comida, agua y cuando aparecía el avión bombardeando me introducían a un tatú.

Por medio del CICR nos entregaron, tuve mucha suerte. Les agradezco a esos compas, que me respetaron la vida, vi humanismo en ellos.

Ahora es vendedor independiente, dice. Vende relojes y lociones, a plazos. Explica que se tiene que ir porque hoy es día de cobro.

En tanto, Matilde y Macario han encontrado ya el nombre de su hijo. Es un momento triste. Con las manos de ella y de él sostienen la fotografía, por unos segundos, justo donde está inscrito, en letras blancas, el nombre Salvador Arévalo Miranda, para la posteridad.

Ella enciende una velita y la coloca al pie del monumento, luego el ramillete. Otras familias, con el mismo dolor, hacen lo mismo.