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La farsa de los diálogos de mil cabezas que los dictadores de Nicaragua han usado como escudos para permanecer en el poder

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“Firmar me harás, cumplir jamás”, fue la frase que hizo famosa Anastasio Somoza Debayle cuando firmó el pacto del “Kupia Kumi”, en 1971, con el otrora líder conservador Fernando Agüero. 

Desde entonces, han ocurrido decenas de pactos entre las cúpulas políticas del país. Y en efecto, enemigos, adversarios y afines a Somoza han hecho suya la frase lapidaria, principalmente los sandinistas, desde antes de tomar el poder en 1979. Siendo guerrilla se separó el Frente Sandinista de Liberación Nacional en tres tendencias en 1974; para firmar un acuerdo de unidad en 1978, presionados internacionalmente, pues si no, no habría apoyo político y militar. 

Nunca estuvieron unidos, por lo menos las cúpulas. Cada comandante de los nueve firmantes, se presentaban como una unidad ante el público y al parecer a lo interno, eran una isla, durante la década de los 80. Cada quien gobernaba en su feudo. De eso nos dimos cuenta cuando perdieron el poder en 1990. De los nueve líderes, unos se fueron a estudiar a Harvard; otros se hicieron potentados empresarios;  otro, el más silencioso, se quedó con los sellos del partido y se hizo de él. Todos lo conocemos desde hace 40 años como el líder absoluto a lo Castro cubano, el indiscutible líder rojinegro: Daniel Ortega, el mejor referente de la frase de Somoza y el que ha liderado más diálogos en toda la historia reciente.

Dialogó y pactó con la contra para su desarme y desmovilización de 1987 a 1989; pactó con el primer gobierno de Violeta Chamorro (1990-1996) la permanencia intacta de los principales cuerpos de seguridad de origen sandinista: la policía y el ejército; se repartió los poderes del Estado con el gobierno de Arnoldo Alemán (1997-2001) y rebajó al 35% el gane de las elecciones nacionales, su supuesto techo de votantes; negoció con su otrora hermano, el Movimiento Renovador Sandinista, MRS, ir a las elecciones municipales de 2004 juntos; negoció con don Enrique Bolaños (2002-2006) no hacerle el golpe de Estado que divulgó haría a los cuatro vientos, y que le dejaría terminar su periodo en paz. 

Nunca cumplió y así, le siguieron creyendo: desarmó a la contra y les mandó a asesinar paulatinamente; el acuerdo con Chamorro de institucionalizar el ejército y la policía, se viró a la vuelta de la esquina, ambos volvieron al redil sandinista cuanto Ortega tomó el poder desde el 2007. Se repartió los poderes del Estado con los liberales y después estos se hicieron del lado sandinista; cuando fue a las elecciones municipales con el MRS, los candidatos ganadores de este partido la mayoría terminaron regresando a las filas del FSLN; a don Enrique no lo dejó gobernar por las decenas de asonadas que hizo. No dio golpe de Estado, pero lo golpeó en la calle sin apoyo popular, pero sí con sus matones a sueldo.

Todo esto sin contar las múltiples negociaciones que hizo para retomar el poder en las elecciones de 2006, de manera bilateral con organizaciones de sociedad civil, incluyendo grupos de mujeres; con ex combatientes de la Resistencia y con el mismo partido de estos; con la jerarquía católica, con las iglesias evangélicas; con los grandes empresarios; con Estados Unidos en temas económicos, políticas migratorias, combate al narcotráfico, etc.

Con estos antecedentes de Ortega, ¿usted cree que se puede creer en una negociación y diálogo, en las actuales condiciones? 

La ingenuidad y la buena voluntad de la gente de este país no tienen límite y por eso nos lanzamos sin seguro a la lucha de abril de 2018 en contra de la opresión sandinista y lo que encontramos de respuesta fue la muerte. 

Pero, a pesar de todo, el descontento está ahí: vivo. Lo pudimos palpar en diciembre pasado cuando la gente gritó en cada espacio público: “de que se van, se van”, lo dijo sin miedo y sin que nadie les convocara…pero, desgraciadamente, en los nuevos tiempos la presión popular y masiva no tiene eco. Tiene eco la negociación de las cúpulas porque no se ha inventado otra forma de acceder el poder para el beneficio de la libertad que la organización en partidos políticos. 

¿Y si empezamos por negar esta forma viciosa y decadente de hacer política, igual que cuando la gente se movilizaba y luchaba contra el régimen y sacó a oportunistas de partidos zancudos de las marchas?

El fracaso del diálogo actual entre organizaciones antigubernamentales; entre estas y el régimen de Ortega, será una constante justamente porque la gente no les cree y son los mismos que han negociado con el sandinismo sin logro alguno para la mayoría, desde hace 40 años.

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