Bluefields, frontera gringa


El cuarto huele a frijoles para inmigrantes. Cinco mujeres esperan sentadas a que los frijoles se frían para servir los platos de 79 inmigrantes que la policía atrapó en la víspera, en los hoteles de 10 dólares de Bluefields. Si no hubieran preguntado dónde era que se agarraba el tren, tal vez no estarían allí sentados en cuclillas en los pasillos encharcados del colegio Moravo, esperando otro plato de comida y los cachetes de las “tías”, como les dicen a las mujeres que les dan de comer a las que les plantan un beso como agradecimiento.

En menos de una semana, es el segundo grupo de africanos que la policía captura en esta ciudad del Caribe sur. El martes, cayeron 14 más, dice Ariel, un rastafari que practica yoga y que ha servido como traductor de estos inmigrantes, a los que no la gente de migración no les pasa ni un teléfono, pero sí les cobra 40 dólares para costear la detención.

Ellos, que huyen de las guerras de Etiopía y Somalia, no saben que Bluefields ni siquiera tiene una carretera que la conecte con Managua. Tampoco saben que los últimos pedazos de rieles los malvendió Violeta Barrio cuando fue presidenta a comienzos de los noventa. A lo mejor, tampoco sepan que están en Nicaragua, ni dónde diablos queda este país. Bluefields, es una parada en el camino guerreado para coronar el sueño gringo. Pero por capricho de la mafia, se llega a convertir en la última estación del viaje.

Ironía, Bluefields, la ciudad donde malvive la colonia negra más grande del país, 23,000 creoles, está haciendo las veces de la frontera gringa, a espalda de Obama. Raro que eso pase en un país, con un presidente que vocifera contra “el imperio” en tres de cada cuatro palabras que pronuncia; en un país que ha eliminado las visas para “todo el mundo”. Ahora entiendo que todo el mundo, menos los africanos, peruanos, ecuatorianos, menos todos los pobres que desembarcan en las aguas color mierda de la bahía de Bluefields.

Mister Loyd Forbes, un hombre con piel color de ciruela y cabeza blanca, carga un mapamundi en bolsas plásticas para enseñarles dónde están y para enterar a las mujeres, que les están dando de comer, de dónde es que ellos vienen.
A la cabeza de las mujeres que cocinan, está La Popó. La primera vez que supe de ella, fue cuando se inauguró la serie de béisbol del Atlántico. El día de la inauguración del campeonato, la dejaron hablar, y en inglés creole, con su voz de trueno, puteó a todas las autoridades, que la miraban con ganas de matarla. La Popó, que no dejó títere con cabeza aquella noche, había limpiado y arreglado el estadio cuando ninguna autoridad quiso gastar ni un peso. A través de la radio había convocado gente semanas antes, y había pintado y arreglado el parque de béisbol, en el que vio perder a su equipo. Todos los días, cuando los últimos borrachos habían dejado sus vómitos en las graderías, ella y su gente lavaban y barrían hasta el último chicle que las fanáticas pegan en el concreto.

El sábado que se supo de la caída de los africanos, alguien del gobierno la llamó y le dijo que allí estaba esa gente con hambre. La Popó estaba lista para ir a la marcha por el día internacional de los indígenas, que en Bluefields se iba a celebrar un día antes de la fecha. Su facha para la efeméride era la siguiente: turbante blanco, envolviendo su pelo pintado en rojo vino. Algunas mechas largas y tercas se le salían por los lados. Candongas blancas que contrastan con su cara ancha y cuadrada. Encima de su silueta gruesa, una bata de colores con figuras en lentejuelas. Era lo más cercano a un vestido folclórico de África, el continente de donde heredó el color de piel. Del mismo estilo estaban vestidas sus cuatro amigas, con quienes dejó la marcha por la cocina. Se quedaron con los crespos alisados para la marcha que acabó en el auditorio de la Bicu.
“¿Yo quiero preguntarle al gobierno por qué no hace nada por esta gente, y sí deja entrar a los hondureños por la frontera con Ocotal, por qué no dejan pasar a esta gente que viene desde lejos? Acaso no son personas que necesitan de ayuda, o no los quieren ayudar porque son negros?”, grita la Popó al foco de una cámara casi de juguete de una periodista local que trabaja para un canal nacional. La misma periodista husmeó antes los portones del Moravo, pero la luz del foco espantó a los inmigrantes que estaban por ahí. Huyeron como ratones sorprendidos en una cocina en la madrugada.

“Son bien jovencitos, de 17,18, 19 años”, dice una de las amigas de la Popó que también alcanzó a entender que una de las muchachas le decía que hace cinco días no dormía. Las cinco mujeres sólo saldrán del cuarto que huele a frijoles, que casualmente es la cocina de un estudio de grabación para músicos jóvenes costeños, hasta que hayan servido los 79 platos. Así celebró la Popó, la mascota del equipo de Bluefields, el día de los indígenas.

Beto y la Ileana, dos colegas que se patean las calles de Bluefields, rememoran episodios trágicos de inmigrantes ecuatorianos y peruanos, ahora que estamos sentados en una de las bancas que están frente al Moravo, este sábado por la noche. Beto dice que sólo a dos cuadras de donde estamos, detrás del edificio de los bomberos, apareció el cadáver de un ecuatoriano. La policía dijo que se ahogó y que las corrientes lo arrastraron hasta allí. Pero medicina legal le halló un tiro de gracia en la frente y sus compañeros sobrevivientes, dijeron que a él se lo llevaron aparte. A veces, los coyotes pangueros que los traen les dan vueltas a las panga y luego les pasan encima hasta que los ahogan. Eso sucede en altamar, en noches sin lunas. El tramo San Andrés, Corn Island Bluefields se vuelve un triángulo de las Bermudas para los inmigrantes. Los nicas hacemos a otros lo que tanta rabia nos da que otros nos hagan. El pensamiento inútil se ahoga con los ecos de los reggaetones que vienen del Cimas. Hay que ir al Four Brother más noche, nos decimos mientras renegamos de una ranchera que nos viene desde otra esquina, porque Bluefields es una realidad mestiza.

Al día siguiente, ya para zarpar contra mí voluntad en la panga de Wendelín, un empresario monopolista que presta el peor servicio de transporte, me avisan que hay que hacer una fila antes de abordar la única lancha con techo. Puedo llevar drogas (porque a eso suponen que vamos muchos a Bluefields) o puedo ser inmigrante, quién sabe. Paso mi mochila, el militar me mira y me pide la identificación. Al segundo le doy la cédula y bromeo con los trapos sucios que llevo adentro. “Usted es igualita a una ecuatoriana que se capturó ayer”, dice.