Confesiones en la acera del Zumen*

Una mujer de 27 años busca trabajo en Managua y no encuentra. Busca, sobre todo, contar lo que nadie le ha advirtió que le pasaría cuando intentara sobrevivir: que le quedarían debiendo dinero en un call center, que un jefe la acosaría, y que iba a descubrir, pero al mismo tiempo esconder de su familia, su bisexualidad.

Amalia Morales

A los pocos minutos de poner el letrero: “Vení. Contá. Escucho historias”, a escasos metros de la parada del Zumen, al lado del Centro Cívico, se acerca una muchacha que trae unas enormes gafas que le tapan la mitad de la cara. Viste jeans, camisa verde polo, que le da cierto aire ejecutivo. Calza tenis. Le cuelga un bolso en el hombro derecho y trae un folder en la mano izquierda, se planta y pregunta que ¿qué es y para que es esto? Le contesto que se trata de un ejercicio periodístico de escuchar historias que la gente espontáneamente quiera contar. Sin rodeos se sienta y dice: “pues yo quiero contar mi historia”. Se destapa la cara, se pone las gafas como aro en el pelo planchado, y deja ver sus hermosos y ansiosos ojos. A partir de ahí la grabadora va a registrar 78 minutos de plática. Casi un monólogo, con una espectadora, la periodista, que a veces interrumpe para agregar un comentario, preguntar u ofrecer sorbos de agua que ayudarán a diluir los nudos en la garganta que ahogan y entrecortan la voz a esta mujer de 27 años que esta mañana de octubre, en esta acera de trámite, contará lo que nunca le ha contado a nadie.

Entre la acera y las ramas del palo de nim debajo del cual nos sentamos, pasa todo lo que puede pasar por una vía pública: gente, animales, hombre jalando carretones, y en la pista toda suerte de vehículos exhibiendo cualquier tipo de ruido. Uno que otro transeúnte se detiene y relee las letras negras de las cartulinas verde y naranja que forran los lados del viejo polín de madera, donde se llama a sentar y contar su historia, donde se promete ser escuchado. Algunos miran con extrañeza al par de mujeres sentadas en taburetes, que hablan intimidad y soltura como si estuvieran en el sofá de una casa, en la hamaca de un patio, o tiradas en una cama mirando el techo. Sobre todo, que hablan como si fueran viejas conocidas. De repente, un hombre de gorra que curioso ha leído el letrero escrito a mano, se acerca e interrumpe: “Mire, yo quiero contar, pero estoy esperando a otros para que nos sentemos los tres y le contemos cuando anduvimos en la Contra”, dice y se aleja unos metros. Se arropa con otra de las ramas del mismo nim y se mantiene a la expectativa del que espera su turno.

Es la tercera y única mujer de cuatro hermanos. Vive con su papa y su mama Le costó mucho hallar su vocación. Explica que anduvo dando tumbos en contabilidad, carrera para la que le ofrecieron beca, pero después de varios desencuentros con los balances y pasivos, entró a estudiar comunicación social en la Universidad de Managua. Recién terminó la carrera. Dice que ya ha dejado su cv (currículo vitae) en varios lugares. “Uff, he metido como en diez lugares y nada”. En un intento por acumular experiencia laboral, cuenta que hizo prácticas en un canal cristiano, pero se fue porque no le ofrecieron pago. Probó luego, en un call center que está en Altamira. La capacitaron, se aprendió el script -como le llaman al guión, el protocolo o proceso de cada call center–  la admitieron y le prometieron un sueldo básico de 5,000 pesos, más comisión por ventas. Pronto los desengañaron y aclararon que sólo ganaban comisión por ventas, 20 dólares por cada una y tenían que hacer 10 al mes, por lo menos. Se trataba de vender planes de telefonía celular a hispanos en Estados Unidos. En el cubículo donde estaba tenía que gritar para escucharse a sí misma, y al mismo tiempo mantener un tono de voz amable. Una locura, piensa ahora. Entraba a las 10 de la mañana y salía a las 7: 30 de la noche o a las 8 si el supervisor andaba de malas pulgas. En los 15 días de práctica, concretó dos ventas que al terminar el mes no le pagaron, porque no vendió nada más. Le quedaron debiendo 40 dólares, dice. “Me sentí decepcionada, todavía ando ardida”, dice MF, iniciales de su nombre y apellido, que antes pasó por otra empresa donde experimentó el acoso, el abuso y la vergüenza.

Yo tenía muchos problemas económicos. Un día mi mama me dijo ‘¿cómo hacemos para conseguir dinero? Pedí un préstamo en el trabajo. Vos sabés que con lo que gana tu papa no se puede hacer mucho”. Le hice caso. Intenté pedirlo y me lo negaron.

 

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Estudiaba tercer año de comunicación cuando tuve el chance de hacer prácticas en una empresa de construcción como recepcionista. A la hora de llegada, me ponían a monitorear noticias del sector de la construcción, a trabajar la página web. Eso me gustaba. Cada día lo hacía más tuani, me entendés. Me mandaba correos y hablaba con comunicadores de otras empresas. Recibía consejos de cómo hacer las notas para alguna feria y mejorarlas. Me gustaba. Sentía que estaba en lo mío. El presidente de la empresa comenzó a cortejarme. Me mandaba correos preguntándome si quería que me llevara alguna cosa. Me trataba de ‘amor’. Me saludaba con besos en la mejilla. Había escuchado a varias señoras que al ingeniero le gustaban delgadas, chavalas. Me sentía intranquila, me daba pena. No es feo el señor, pero no estaba ahí para eso. Al principio yo no le seguía el juego, pero tampoco me portaba mal y lo escuchaba. ‘¿Cómo vas, amor? ¿querés que te lleve un jugo’, me escribía y yo le decía, bueno pues. A veces llegaba a la recepción, me agarraba de sorpresa y me daba un beso. A veces me lo daba en la boca, y yo sentía una gran vergüenza. Me sentía mal. Una vez la arquitecta y otro ingeniero que estaban ahí, miraban, pero hacían como que no veían nada porque era el presidente de la empresa. O yo le estoy dando mucha cancha o me pueden correr, hay que pararlo en seco, pensaba yo. Cuando había mucha gente él no lo hacía, esperaba a que estuviera sola. Un día yo iba al baño, y él estaba en otra oficina, cuando iba por el pasillo abrió la puerta y chocamos, me pegó en el trasero. La arquitecta estaba ahí de pie. Yo la quedé viendo con una gran vergüenza. Después fui y le dije quiero hablar con usted. Y ella me dijo, si ya vi lo que te hizo. Usted puede ver los correos que me manda, y yo no le contesto, le dije, y ella me dijo: ‘Mirá, es el jefe ¿qué vamos a hacer?’. Con razón ella se dejaba manosear de él. Es una mujer súper elegante, yo te podría decir que quería imitarla en la etiqueta, en lo bien vestida, pero me di cuenta que ella tiene la mente chueca.

Yo tenía muchos problemas económicos. Un día mi mama me dijo ‘¿cómo hacemos para conseguir dinero? Pedí un préstamo en el trabajo. Vos sabés que con lo que gana tu papa no se puede hacer mucho”. Le hice caso. Intenté pedirlo y me lo negaron. Entonces acudí al jefe que siempre me estaba escribiendo ‘¿cómo estás?, ¿necesitás algo?’. No tan bien como usted, le dije un día y le comenté que necesitaba un préstamo de 8,000 pesos, que si me los prestaba se los iba a pagar al suave. Allá como la hora me contestó y me preguntó si sabía usar el cajero. Le contesté que sí, y cuando llegó me puso en el escritorio su tarjeta de crédito y la clave. En ese momento pensé como es la gente de reales. Fui saqué el dinero, le puse la tarjeta y el váucher, y le dije ‘le voy a dar cuotas de 20 dólares quincenal’. “Okei”, me contestó y me dio en las nalgas, me agarró la mano y me dijo ‘cuando vas a salir conmigo’. Yo le aviso, yo le aviso, le dije. No Sabía cómo reaccionar. Le conté a mi mama y me advirtió de que no le hiciera caso. ‘Cuidado vas a salir embarrada, él tiene su esposa’. Por el trabajo hubo viajes a Guacalito de la Isla. Anduve en lugares que no te imaginás. Vieras qué bello es ese hotel. ‘Llevala a ella’, le decía el jefe a la arquitecta. Y una vez que fuimos a ese hotel, después del trabajo, cuando tocaba regresar, me dijo al oído ‘hoy te vas conmigo’. Cuando el evento terminó yo me apuré a subirme al microbús en el que me había venido, cuando en eso él llegó y me insistió que me viniera con él. El otro ingeniero y el conductor, que estaba ahí, me dijeron, ‘vaya que es el jefe, donde manda capitán no manda marinero’. Es una cadena, todos saben lo que él hace. En su vehículo andaba botellas de vino. Me dijo que brindáramos con vino. Yo nunca había bebido y me acuerdo que el primer trago me dio un dolor de cabeza horrible. Después me empezó a tocar, besarme y muchas cosas más. Estuve con él. Ese día me emborraché. Parece que él después le contó a la arquitecta porque ella me dijo ‘mirá ya me contaron que te pusiste a tomar con el jefe’. Yo sentí una pena moral. Me puse mal, mal. Le reclamé. Renuncié. Le dije usted sabe que andaba detrás de mí. Nada fue porque yo quería. ‘Ay niña ya, supéralo, por el dinero no te preocupés. No tenés que pagarme nada, agarralo como un bono que te da la empresa. Ya supe que pusiste la carta de renuncia, que te vaya bien. Usted decidió irse, nadie la corrió’. Mi mama no sabe esta historia, nunca se la dije. Te la estoy contando a vos porque no te conozco”.

Eso pasa diario en una parada de bus, en la sala de espera de un hospital, en la fila de un banco, espacios públicos en los que se coincide y comparte con gente que quizás nunca se vuelva a ver. De lo contrario, si se vuelven a encontrar después de hablar, cabe la posibilidad de que surja una amistad.

Juan Carlos Romero/ Gatonegroni

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Como la lluvia recia, estridente cuando cae sobre un techo de zinc, así se inunda de ruidos esta acera del Zumen: rugidos de motores y pitazos alargados de buses que se acomodan en las bahías, taxis, motos, carros particulares, reggaetones y bachatas que se escapan de las casas comerciales desde el otro lado de la calle, con sus viñetas que llaman y ofrecen falsas promociones; vendedores que se acercan a las ventanas de los buses ofreciendo, agua, chicle, caramelos, frescos, “cinco y le marco” el pasaje de bus. Por momentos la bulla escampa y queda al desnudo el decorado de quioscos alrededor: una venta de ropa usada con la ropa ajada colgada en perchas, recargas de saldo telefónico, fotocopias, dulces, también está un hombre sentado en un banquito esperando lustrar zapatos, y también, por qué no, escuchar alguna historia sin quererlo. A esa escenografía hoy se ha sumado este inusual letrero que en el centro exhibe a un gato negro, y al lado, en los taburetes, dos mujeres se zambullen y bucean por el tormentoso interior de una de ellas.

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Surge la vergüenza ante la desconocida.  Su voz ahora balbucea. Su mirada se se clava en lo que pasa alrededor, se clava, tal vez, en el interior de sí misma. Sorbe el último trago de agua que queda en la botella plástica y la pone ya vacía a un lado del taburete.

Estoy en un proceso de confusión. No sé cómo me vas a mirar. Es una cosa rara que no sale de mi cabeza. Aj no sé cómo decirte. Después que salí de la empresa, hace dos años, anduve con un muchacho, pero yo lo corté porque conocí a otra persona. Es algo que nunca me había pasado en mi vida. Es alguien que llegó a transformar mi vida y hace poco esa persona decidió que mejor ya no andemos. La mejor de mi vida, ‘ajá’. Es algo interno. Es otra historia. Cuando me vaya de aquí te vas a quedar ‘dios’. Yo no sabía que a mí desde pequeña me gustaban los niños, pero también me atraían las niñas. Esa persona, que es una mujer, llegó a transformar mi vida.

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Se calla. Llora. Vuelve a ver hacia la pista sin reparar en ningún vehículo.  A lo mejor cae en cuenta que está en plena calle, casi a mediodía, en una calle transitada de Managua. Deja de sollozar y sigue contando, sus palabras son como ese vaso de agua que se le pasa a un sediento y se traga hasta la última gota. MF quiere ir hasta el final con su historia.

Y él que nos gusten personas del mismo sexo no quiere decir que no creamos en Dios. Creemos más. Pero no nos comprenden. ¿Qué culpa tengo yo si mis gustos son variados? Así soy yo.

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Cuando me doy cuenta de eso, en ese momento no me sentí mal. Me siento mal ahorita. Anduvimos dos años, para mí esos dos años fueron intensos. Superó a los varones en el sentimiento. Era bien apegada todo el tiempo, ella es menor que yo cuatro años y ha llevado una vida que pareciera que tiene más años que yo. La decisión de que termináramos fue de ella: ‘mi mundo es otro y tu mundo es otro’, me dijo. Ella está trabajando en centro de diagnóstico, es auxiliar, la conocí cuando estaba pasando dificultades. Estaba en la casa de alguien que la drogaba. Me decía te necesito. En los peores momentos estuve con ella. Estaba muy enamorada de ella.  Éramos uña y mugre las dos. ‘Por qué no vivimos juntas.  Por qué no se lo decís a tu mama y a tu papa’, me decía ella. Yo descubrí que me atraen más las mujeres que los hombres, pero mi papa y mi mama no se pueden dar cuenta. ‘No puedo decírselos, no puedo’, le decía y un día me dijo: ‘Vos y yo no vamos a llegar a ningún lado’. Ella también que cuando una experiencia es primera y única te marca. Eso me ha pasado con ella. Ahora me está chateando mi ex varón. No quiero nada con él. Una vez estuve loca enamorada de él, pero ya le dije ‘dejame en paz’. Los hombres que me siguen sólo me escriben para decirme ‘qué rica que estás’ y cosas así. No quiero estar con un hombre. Estoy en neutro ahorita. No sé si como dice mi papa estamos en un mundo de puro pecado. Si supiera la historia que yo viví. Y él que nos gusten personas del mismo sexo no quiere decir que no creamos en Dios. Creemos más. Pero no nos comprenden. ¿Qué culpa tengo yo si mis gustos son variados? Así soy yo.

Sus ojos, todavía enrojecidos por las lágrimas, abandonaron la ansiedad de los primeros minutos. Ahora están risueños.

Esa es mi historia. No quería contarla. O sí la quería contar, pero no sabía con quién. Puede ser que esto me sirva para dejar un poco el temor, porque realmente yo no puedo confiar en cualquiera. Pero bueno, ya te lo conté. Tengo que irme ya. Fue un gusto. Es buena tu metodología. La gente se va a ir arrimando. No es lo mismo hablar así que por un chat, ni con mi mama puedo hablar ya, en la casa cada uno está haciendo algo. Creo que las personas queremos hablar, pero a veces no tenemos quien nos escuche. Gracias.

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A veces hablar alivia, a veces callar puede «resultar un error mortal», como dice el coro de la canción Sorpresas – II parte de Pedro Navajas-  de Rubén Blades. Se pone de pie, estira la mano para despedirse, vuelve a decir gracias y ‘adios’. Se va debajo del sol ardiente hacia la parada, se deja las gafas puestas en el pelo, haciendo las veces de aro.

 

  • Es la primera crónica de la serie Escucho historias, un ejercicio periodístico que arrancó en octubre del 2016. 

14 comentarios en “Confesiones en la acera del Zumen*”

  1. Me encantó. Te felicito por la idea ! Son historias q se viven a diario y como dice ella misma no se atreven a compartir. Esto q haces es la voz de esas esas experiencias vividas detrás del telón…

  2. Al leerlo entràs en la intimidad de la conversaciòn, y eso sòlo se logra con una pluma tan afinada como la tiene y usa Amalia Morales.
    Me quedè perpleja, y con ganas de leer màs.
    Esperamos màs historias.

  3. Saludos Amalia! Brillante… es rico leer historias, pero duro saber que son verdades. Seguí adelante! Esta singular experiencia de periodista del pueblo me encanta.

    • Gracias Flor. Creo que el periodismo tiene que quitarse el corsé de las instituciones y volver a su origen: la calle. Ese es un poco el sentido de este ejercicio, escuchar esas historias espontáneas que la gente quiere contar. ¡Muchas gracias por leer esta primera historia!

  4. Excelente Amalia! Lindo proyecto e iniciativa tienes.! Suerte! Hablar de historias humanas, mas que eso, contarlas tal como son! Como tu lo sabes hacer. Un abrazo.!!
    JUAN RODRIGUEZ,

    • Otro abrazo para vos Juan, fue un ejercicio sencillo: sentarse en la calle y escuchar, y luego, en algún momento, escribir lo que se escuchó, o una parte al menos. El ejercicio continuará. Estamos en esas. Saludos

  5. Excelente iniciativa Analia. Sinceramente te felicito. Ahora que vea a cualquiera caminar en la calle pensare que que historia secrwta tendra. Congratulaciones a ti y a tus gatos!!!

  6. Amalia, cuando descubrimos que mostrarnos tal y como somos al mundo, puede ser peligroso, nos ponemos caretas, hasta que comprendemos que de nada sirve. La vida nos va enseñando. Excelente iniciativa. No me extraña que vaya de tu mano. Felicidades!!

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