CORONAVIRUS Y TOTALITARISMO: de ser cierto lo del murciélago y otros consumos similares


Por: Roland Membreño Segura

Las dos chinas: una milenaria y la otra muy moderna y capitalista (astutamente los chinos la denominan socialismo de mercado). Han recuperado su buen talante para eso: la ruta de la seda — dominio de un mercado mundial un siglo antes de cristo— y la tecnología (recordemos que son los inventores de la pólvora, del cohete, del compás, especie de brújula apuntando al sur y de muchas cosas más).  Dos chinas que en realidad son una, sin padecer por ello ninguna molestia esquizofrénica. Contrario a los contemporáneos ancien régimen, o republiquetas a medio palo, pero ya irremediablemente infectadas en alguna medida del virus decimonónico liberal, donde se instalan mundos demenciales a costa de esa fractura cultural profunda (buena parte de América Latina y África).  

China no es solo una modernidad atípica, sino sobre todo una antigüedad atípica.  El más sorprende resultado de la era maoísta y luego del PC chino por otros medios es la transfusión y posterior transfiguración del antiquísimo mundo simbólico chino a sus actuales apariencias de modernidad, su imagen más vendida y superficial. La alquimia china siempre ha operado en línea de convertir lo nuevo en viejo, pero dejando en pie las apariencias de la novedad: un poco así el taoísmo y luego el confusionismo, asimilados, reducidos y convertidos en su momento en el boom sin boom, pero que terminan destilando su savia lentamente como las densas aguas del Yangtsé hacia algo más inconmovible.  Del budismo solo queda su máscara tibetana y la diáspora de sus líderes en la India, lo demás figura en las carteleras de turismo oficial del régimen y en los millones de souvenirs made in china. De ese alambique cultural alquímico queda el bien logrado producto milenario del disciplinamiento social: china es un país de cantidades y su tecnología ancestral ha estado enfocada con éxito a dominarlas, a trabajar el infinito y sus posibilidades.

Por su parte lo que caracteriza a la modernidad occidental es su lucha constante y a muerte contra el pretérito, un vertiginoso dejar atrás que paradójicamente tiene su momento fundacional (la ilustración, la revolución francesa, la cabeza de Luis XIV en el patíbulo)  y que más asombrosamente se afirma en su difuminación expansiva de tonalidades que crean a su vez continentes de reinterpretación por cuenta propia, una reproducción prodigiosamente tecnológica, eso si tomamos en cuenta lo que políticamente significa estar en la era de las comunicaciones y todo su soporte científico y técnico.

Es inconcebible pensar en un genuino occidental de la modernidad  (no de nuestras heterogéneas latitudes) consumiendo murciélagos en sopa, bistec de perro acompañado de vino de crías de ratón, pene de toro para aumentar la virilidad, culebras al ajillo, tortas de cuerno de rinoceronte pulverizado, sesos de mono, ensalada de alacranes, parrillada de aletas de tiburón, salpicón de comejenes y pupas de gusanos de seda servido con orina de vaca, y un largo e insólito menú por el estilo.  No, eso no pasa en occidente, porque el consumo alimenticio ha evolucionado en términos de normas de higiene y salud hasta lo absurdo (se descartan por toneladas alimentos que en otras latitudes todavía serían consumibles). 

Y aquí,  en la zona del consumo,  es donde las dos chinas se dan la mano, como dos mansos ríos desembocando en el mar.  La china ancestral aporta toda una línea de consumo ajena a las formas de la modernidad y sus contenidos, que no difiere de las formas y maneras de consumo de lo político.  Desde la cuna a la tumba el chino promedio está formateado en esa herencia milenaria aplastante, la del disciplinamiento social y militar y la del culto al emperador (en su momento el jefe celestial y líder supremo Mao Zedong y ahora el burocrático, omnisapiente y misericordioso Xi Jinping, en realidad el PC con la cara del jerarca de turno): despotismo en salsa de soya.  Aparece entonces en los mercados el murciélago, la tradición de la sopa de estos quirópteros tan mamíferos como nosotros, la permisibilidad antisanitaria para eso y muchas cosas más tan antiguas como mortalmente respetables, la emergencia del virus, la alarma, el despliegue militar frente a la epidemia, el cerco de Wuhan, capital de Hubeí, un distrito industrial y sus 11 millones de habitantes, toda una novedad en aislamiento, imposible de pensar sin la china ancestral y el milenario disciplinamiento político y social: viable todo esto porque no hay nada moderno en  ello. 

Este ha sido el cuento del murciélago, sus disciplinados súbditos y el emperador y de cómo lo antiguo mina bajo las apariencias de la modernidad a la misma modernidad.