El círculo vicioso (o la rueda de caballitos salvadoreña)


Por Edgardo Ayala

Supongamos que le va bien a Nayib Bukele en su paso por la presidencia. No hace destrozos en El Salvador con el enorme poder que le han dado los votantes y, en los tres años que le faltan a su mandato, su gobierno no solo se desempeña con relativa decencia sino que, con el control de la Asamblea, logra hacer cosas interesantes, como una buena reforma de las pensiones.

Supongamos que, gracias a ese desempeño, su partido Nuevas Ideas arrasa de nuevo en las elecciones de 2024, pero ahí comienza a trastabillar: los ministros, alcaldes y diputados oficialistas, embriagados de poder y sin controles institucionales, hacen de las suyas. Y pierde en las siguientes. 

No es pesimismo ni querer ser ave de mal agüero. Es historia política. Las maquinarias electorales, las de mítines multitudinarios, en algún momento terminan reducidas a la nada. ¿Recuerdan la aplanadora verde de la democracia cristiana, en los 80?

Y, en ese escenario, con la caída de Bukele y su partido regresarán al ruedo del poder los opositores ahora derrotados, las mismas caras, solo que con más arrugas, más mañas y más ineptos. 

Es el círculo vicioso que pareciera no tener fin, para nuestra desgracia. Eso es lo triste en El Salvador: va girando y girando en el mismo espacio, sin avanzar. 

Los partidos tradicionales no se renuevan, no hay recambios, no hay reformas serias y estructurales: las cúpulas y sus políticos son un tiempo redentores, promotores del cambio y sacan del poder a unos fulanos odiados por la gente, pero más tarde son ellos los echados a la calle (¿recuerdan al FMLN de Mauricio Funes cuando sacó a empujones a Arena, en 2009?).

Habría que ser muy canalla para querer y fomentar que la gestión de un presidente, en este caso Bukele, fracase solo para verlo caer y morder el polvo (o para recuperar el hueso, si el canalla es un político opositor), en lugar de desear que el barco llamado país, aunque en mares turbulentos, logre llegar a puerto seguro.

Aparte de un reducido grupo de opositores irredentos (algunos políticos, editorialistas de medios conservadores y fanáticos poselecciones calenturientos), la mayoría de la población salvadoreña quiere y tiene la esperanza de que el país de verdad se enfile hacia mejores derroteros, ahora que le ha dado al presidente Bukele la mayoría legislativa para que gobierne a sus anchas.  

Sin embargo, eso está por verse.

Está por verse si el presidente, dado a rabietas como de niño adinerado y malcriado, con arrebatos autoritarios, decide liderar la nación con sensatez y racionalidad. O, por el contrario, con todo ese poder otorgado por la mayoría (el 67%) que votó el 28 de febrero, se agudiza esa arrogancia que ya muestra, desoye las críticas de tiros y troyanos sobre malas decisiones de gobierno (que las habrá), y nos jodemos todos.

Los opositores ya auguran y visualizan un modelo de corte autoritario cuasi dictadura. 

Lo plantean a partir de la irrupción de Bukele al salón de sesiones de la Asamblea, acompañado de docenas de soldados armados, el 9 de febrero de 2020. Llegó a presionar por la aprobación de fondos para su programa de seguridad.

Ha sido el peor error de Bukele. Pero de momento sigue siendo solo un exabrupto, y creer que establecerá una suerte de Nicaragua guanaca solo es, de momento, hipotético. 

No creo que siga esa línea. Sabe que sería un salto mortal al vacío con los EE. UU viéndolo muy de cerca, y por ello mismo dudo que querrá seguir el camino de Daniel Ortega o el de los chavistas en Venezuela. Sus detractores lo dan por hecho. Solo el tiempo lo dirá.

Los editorialistas de izquierdas y derechas, y organizaciones sociales afines al Frente, ahora lloriquean y justifican la debacle a partir de: a) las mayorías, embrutecidas, optaron por el autoritarismo, y están llevando el país a una dictadura y, b) Bukele ganó porque tuvo más dinero para la campaña política.

El Frente y sus seguidores, o Arena y los suyos, parecieron no percatarse de que la gente simplemente iba a votar por Bukele a partir de un pragmatismo político elemental, demoledor: porque ya habían probado con el FMLN, por diez años, y con Arena, por 20, y los dos fracasaron lindamente. 

Había que ser un idiota para votar por los que ya se sabía eran un fracaso, por más que cambiaron del rojo al lila, pusieran a un par de candidatos de rostros más lozanos o dejaran de sonar la marcha que dice que “El Salvador será la tumba donde los rojos terminarán” (del himno de Arena, dedicado al entonces enemigo FMLN).

Se pudo votar por partidos nuevos, más progres, como Nuestro Tiempo, de derecha liberal (que llevaba a un muchacho abiertamente gay de candidato), en lugar de hacerlo por Bukele y Nuevas Ideas. Y Algunos, muy pocos, optaron por esa ruta. Pero era obvio que su peso en la Asamblea sería marginal (ganó un diputado) y la gente quería un cambio, y ese cambio solo lo veía en Bukele.

Los votantes simple y llanamente no tuvieron más opción que endosarle el apoyo al bukelismo, dado que las cúpulas de los partidos tradicionales, y especialmente la del FMLN, no lograron renovarse y ser una alternativa. 

La exguerrilla fue herida de gravedad en las elecciones de diputados de 2018, recibió otra estocada en 2019, cuando Bukele le arrebató la presidencia en 2019, y aun así no se renovó, aunque tuvo tiempo. Ahora el Frente está en coma con el escopetazo recibido el 28 de febrero, a punto de morir.

Todo ello explica el voto masivo a Bukele y su partido, que con 56 diputados (de 84) se han hecho con el control de la Asamblea y con luz verde para aprobar las leyes que quieran, con el riesgo que ello implica para la democracia. 

Algo tan sencillo de entender, sigue siendo ignorado por las cúpulas de Arena y el Frente, aun ahora después de las elecciones. 

Los dos se tomaron de la mano como una pareja de enamorados durante la campaña, para dinamitar al oficialismo, pero nunca reconocieron los desmanes ocurridos durante sus gobiernos (robos descarados de 10 millones de dólares destinados por Taiwán a víctimas del terremoto de 2001 —Arena—, bolsas negras repletas de unos 300 millones y sacadas a la luz del día del Banco Hipotecario —El FMLN—, y un largo y penoso etcétera). 

Era como tomar a la gente por tonta, como si nada hubiera pasado en esas tres de décadas que gobernó la derecha y la izquierda, de 1989 a 2019.

El Frente y Arena hicieron el ridículo al pedirle el voto a una masa de electores frustrados y cabreados con esas estructuras y, lógicamente, fueron arrastradas por el vendaval. ¿Cómo iba a ser diferente?

El FMLN echó a perder aquel bello momento de la historia, en 2009, cuando representó la esperanza, pero decepcionó a la gente y terminó de arruinarlo todo en su segundo periodo, en 2014.

El FMLN, un tiempo el partido progre, de la vanguardia y del apoyo masivo, pasó a la insignificancia más bochornosa. Años luz de aquellos días dorados, cuando el entonces candidato presidencial y ahora fugitivo de la ley, por corrupción, Mauricio Funes, lograba que miles de fanáticos al fútbol corearan su nombre en el estadio Cuscatlán, en la antesala de las elecciones presidenciales de 2009.

El Frente bajó de 23 diputados en 2018 a cuatro en la elección del domingo 28. Arena pasó de 37 a 14. En las alcaldías, el bukelismo también arrasó: unas 150 de las 262 en disputa.

Si alguien mordió el polvo en estas elecciones fue el FMLN. La traición no se olvida así por así. El Frente es ahora sinónimo de corrupción, nepotismo e ineptitud. Arena también lo es, pero no fue ninguna sorpresa. La de la exguerrilla sí.

Por eso es que la mezcla explosiva que hizo volar por los aires el andamiaje de los partidos tradicionales en El Salvador, en las elecciones del 28, tuvo básicamente dos componentes químicos: a) la gente detesta al FMLN y a Arena, tras 30 años de corrupción e incompetencia, de izquierdas y derechas.

Y, b), Bukele, que no es ningún idiota (todo lo contrario, es muy listo), se encargó de diseminar el mensaje que sabía que todo el mundo compartía: esos partidos eran la viva encarnación de la corruptela y las mañas de siempre, y había que sacarlos a patadas.

Y la gente, como sabía que eso era cierto, los echó a patadas. O casi.

Pero Bukele no solo se encargó de diseminar, sobre todo en las redes sociales, algo que la gente ya sabía, sino que al mismo tiempo se esforzó también por conectar con la gente.

Les hizo llegar 3.4 millones de paquetes de alimentos y apoyos económicos de 300 dólares a las familias más vulnerables, en el marco de la pandemia de la covid-19, y levantó un hospital especializado contra la enfermedad, en operaciones actualmente, aunque no terminado completamente, como gustaba recordar la oposición durante la campaña. 

Bukele tiene una gran oportunidad de demostrar que puede gobernar bien, corrigiendo lo que haya que corregir (que hay mucho) e impulsando reformas en beneficio de la gente.

Esa oportunidad puede ser bien aprovechada. Y ojalá que así sea, para el bien del país. 

Pero ya hay signos de alerta: algunos de sus funcionarios ya están sacando las uñitas, como contratar servicios a empresas de sus parientes, con sobreprecio. Sin controles de nadie, los casos de corrupción podrían volverse grotescos.

Y llegará entonces el momento en que Bukele caerá, por la fuerza de la gravedad histórica. Nadie se mantiene en el Olimpo político por siempre. 

Y entonces, las cúpulas perdedoras de ahora, se levantarán de entre los muertos y, sin renovarse, aprovecharán el enfado de la gente (ahora con Nuevas Ideas), se pintarrajearán el rostro arrugado, como un payaso viejo y sin pensión, y volverán al poder, sonrientes.

Luego volverán a caer y surgirán nuevos Bukeles, en una suerte de rueda de caballitos. Y así sucesivamente. Pobre país.

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