El Gato negro que escucha historias


 

Sol. Polvo. Bulla, sobre todo. Incendiarios pitazos de buses con motores volcánicos que eructan gasolina en cada parada. Gente con un rumbo que sólo ellos saben, arrimados a la sombra de una parada de bus de Managua, donde a pocos metros se planta un letrero inusual y rústico que propone algo rudimentario: Escuchar.

Algunos se detienen y leen con los labios: “Escucho historias, gratis”.  Se esbozan algunos sonrisas y una mirada de soslayo para la mujer que está sentada en un taburete y que tiene otro al lado, vacío, a la espera de alguien. No falta el que se acerca y pregunta: “¿Qué es eso?” “¿Y por qué ese gato negro?” Gato negro escucha historias. Ella contesta tranquila pero sin ambages: “Es lo que dice ahí: Escucho historias. Soy periodista”.  Casi todos, aunque no se sienten, quieren saber para qué es eso. Algunos preguntan, incluso, si es para la televisión o extrañados si es verdad que no cobra. La periodista contesta que no, no hay que pagar nada. “Ta bonito”, dicen algunos y se largan.  También contará una y otra que va a escribir las historias de la gente que se siente a hablar  y que luego las va a compartir en una página web que está creando, en esta página que ahora estás leyendo y que está en construcción.

A lo mejor las platicadas den para un programa de radio que la periodista ya cranea: “Historias ordinarias”, ¿por qué no?

¿Por qué vale la pena escuchar a ese chorro de gente que anda por ahí dispersa en mercados, paradas de buses, centros de salud, hospitales, rotondas, parques, entradas de iglesias, centros comerciales, inmersos en su propio rollo? ¿Será que quieran contar algo? ¿Tendrán algo que contar los que viven en este predio caluroso que llamamos Managua, con suelo de galleta (que se quiebra cada cierto tiempo) y al pie de un lago hermoso pero imbañable porque hace más de medio siglo lo convertimos en cloaca?

Parece que sí. En los lugares donde la periodista se planta por unas horas, con sus bancos y letrero, casi al azar, no tarda en sentarse la gente. “Tengo mucho que contarle”, dice uno. “Qué bueno que hagás esto, me siento aliviada”, agradece otra cuando se va. “Estoy solo, no tengo con quién hablar. Me acabo de cortar”. “Si supiera todo lo que he vivido en estos 70 años, así cómo me ve, fui una chavala muy coqueta”, explica una mujer con emoción. “Por favor, no me grabe, sólo quiero hablar”, dice un jubilado que pasea en las tardes por la rotonda La Virgen. Ojalá todos dejaran que los grabe, pero se respeta al que no quiere ser grabado.

Las “escuchadas” se prolongan hasta dos horas. La periodista oye sin límites, porque de eso se trata, si se hace lo del periodismo convencional, ¿dónde queda el pacto de escuchar al otro?

Gato negro -que en redes usa la cuenta de @gatonegroni y la etiqueta #gatonegroni- apenas comienza a escuchar. Por ahora es Managua, pero no es un gato territorial. Puede ir a cualquier parte. Mejor donde haya una historia que en una sentada se deje ir y oír.