Las elecciones vistas por un yanqui en la corte de Daniel Ortega

El 7 de noviembre, por inconstitucional y cuarta vez consecutiva, Daniel Ortega se alzó con la victoria oficial en las elecciones presidenciales. Crónicas del suceso hay muchas, a pesar de que a los periodistas del Washigton Post, The New York Times, El País y muchos otros medios se les negó la entrada a las puertas del avión. Pudieron ingresar los periodistas “patriotas” y los estadounidenses que dieron fehacientes muestras de no ser “enemigos de la humanidad”. Se coló en esa camada un joven reportero yanqui de cuyo nombre nunca puedo acordarme y que trabaja para un medio gris, apenas digno de mención. Engullendo las hojas del tamal que tomó por suculentas lechugas, cuando se dio de bruces con un abstencionismo que superó el 80 por ciento, el joven declaró a un medio local: “Fue mi primera elección aquí en Nicaragua, pero no había filas y eso es importante… Filas con cinco o seis personas… esa no es una fila. Cuando yo quiero votar en Estados Unidos, tengo que esperar cuatro o más horas. Aquí no hay filas y eso es otro ejemplo de un proceso bien organizado.” Si no hay gente en los centros de votación, significa que la organización es insuperable.

Quiero seguir esa lógica y hacerle el resto del trabajo al yanqui que prospera en la corte de Ortega y cuyas declaraciones curiosamente no son tildadas de injerencistas por un mandatario tan puntilloso con el tema de la soberanía. Aquí va la crónica de las elecciones que se ciñe a su forma de razonar:

“Una coalición formada por Daniel Ortega y Rosario Murillo, donde el sandinismo rojinegro y el sandinismo rosachicha se fundieron en imbatible fórmula, obtuvo el 76 por ciento de los votos el pasado 7 de noviembre. Tres meses antes de las elecciones, un grupo de candidatos de la oposición fue cordialmente invitado a disfrutar de unas cómodas vacaciones en el resort que regenta la Dirección de Auxilio Judicial, con el fatal resultado de que, retozando sobre las mullidas poltronas de sus habitaciones, le cobraron apego a la vida muelle y no hicieron campaña ni presentaron su candidatura. Por fortuna fueron sustituidos con diligencia por otros políticos de impecable reputación, ciudadanos probos que midieron sus fuerzas y fueron derrotados en buena lid por el comandante.

Durante mis recorridos por la ciudad pude observar una vigilancia policial envidiable que debe hacer de Nicaragua el país con mayor inversión en seguridad ciudadana. La seguridad parece estar ahora mejor distribuida, gracias a la migración de un grupo de acaparadores que antes solían concentrar en sus viviendas una parte importante de la fuerza policial. Es sabido que la ONU recomienda 2.8 policías por cada 1,000 habitantes. Esos adictos a ser vigilados solían tener para sí solos y sus familias más de veinte agentes resguardando sus casas día y noche. Dudo mucho que en Costa Rica y Estados Unidos, que es donde fue a parar la mayoría, encuentren gobiernos benefactores que los cuiden con idéntico celo.

Una flota de tuc tuc garantizó la afluencia a las urnas en barrios y comarcas, encabezada por la nutrida presencia de policías y militares. Los comisarios políticos de la zona ofrecieron a sus propietarios la renovación de los permisos de circulación si se ofrecían con abnegación a prestar el servicio de acarreo. Esos comisarios advirtieron a los empleados públicos que al día siguiente les revisarían los pulgares para asegurarse de que ningún obstáculo les había impedido ejercer su derecho a elegir la continuidad del comandante. Y fue tal su éxito en la movilización de votantes que pude ver en las urnas a los ex presidentes de El Salvador Mauricio Funes y Salvador Sánchez Cerén, puestos a resguardo de los abusos del sistema judicial de su país de origen por una frontera y la ciudadanía nicaragüense. Nicaragua es un país santuario para los líderes centroamericanos que enfrentan la ingratitud de sus pueblos después pasar atribulados años ideando innovaciones administrativas para realizar expeditas transferencias financieras. Pronto acogerá en su seno a Juan Orlando Hernández, que trae consigo una década de experiencias y transferencias. Es una lástima que los programas “pies en polvorosa” y “ciudadanía exprés” no hubieran aún entrado en vigencia cuando encarcelaron a Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti. Otro gallo les cantara: un gallo en navajado.”

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