Los indultos de Navidad


«El mero 24 se miraban las luces de Tipitapa y las de San Benito, y se escuchaba aquella alegría en el cielo y nosotros solo mirábamos de largo. Nos subimos todos a la parte más alta de las celdas, a los terceros camarotes, que son una cama de tres pisos. Solo podíamos anhelar las luces. Algunos rezaban con su rosario, otros solo lloraban. Yo solo pensaba en mi mama. Sabía que ella estaría llorando en ese momento. Después de eso, era demasiado el agobio. Esa situación era demasiado sentimental, demasiado fea. Y lo único que se me ocurrió decir fue: Hombre, ¿qué pasó con la chicha? Algunos nos bajamos y comenzamos a repartir chicha. Brindamos y bebimos. Brindamos por estar vivos y tuvimos un momento de compañerismo.»

José Luis Rocha


Diciembre y mayo son los meses de los indultos. La libertad se espera como regalo en diciembre y como agua de mayo. Las condiciones no eran propicias a la misericordia: el 27 de noviembre Rosario Murillo había sido sancionada por el gobierno de los Estados Unidos. Sin embargo, el 10 de diciembre de 2018, en el acto conmemorativo de los setenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la ministra de Gobernación María Amelia Coronel Kinloch dio a conocer la concesión del régimen de convivencia familiar a más de mil presos y presas. Un año antes, con motivo de las fiestas navideñas, 883 reclusos recibieron ese beneficio. Rosario Murillo anunció la «decisión presidencial» y las plumas al servicio del régimen consagraron la medida como «perdón presidencial», etiqueta que expresa más omnipotencia que clemencia y que revive las conmutaciones de penas de los monarcas absolutos. Los días que mediaron entre el anuncio y la ejecución, fueron once días que estremecieron las galerías de La Modelo y elevaron las expectativas al sus máximos niveles. Alimentaron, incubaron, acariciaron vanas esperanzas.

«Yo llevaba encerrado desde julio hasta diciembre y esperaba la liberación. Ese mes de diciembre tenía para todos la gran esperanza de que por algún milagro podíamos ser liberados cualquier día. Lo esperábamos en las fechas emblemáticas: el 7, el 25 y el 31. El 10 de diciembre supimos del anuncio de los indultos y pensamos que podríamos pasar el 24 y el 31 ya libres. Alimentamos la esperanza, la fomentamos. Fue un mes muy duro porque los carceleros se burlaban de nosotros diciendo: Ahorita vienen los indultos, ya van a salir.»

«Y al final no hubo liberación. Yo lo supe pronto: recuerdo que un 12 de diciembre, mi respectivo torturador, Pedro Luna, me sacó sin enchacharme. No me hizo nada, solo me sentó. Recuerdo que acababan, creo que a finales de noviembre, de aplicarle la ley Global Magnitski a Rosario Murillo. ¿Sabés –me dijo Luna- que había una ligera esperanza de que ustedes salieran? Pero dado que los grupos que los dirigen a ustedes cabildearon y lograron esa sanción económica en contra de la compañera, entonces esa esperanza se acabó: ustedes no van a salir ahorita, no van a salir en diciembre, no van a salir pronto. Y la verdad, continuó, es que yo pienso que eso está bien, que se merecen estar aquí y cumplir sus condenas completas. Ante eso yo no respondí nada. Lo miré innecesario. Solo me reí, y él preguntó de qué me reían. Yo le dije: De nada, solo me pongo a pensar en los miles de millones que le bloquearon a la vieja y eso me causa placer, y honestamente, aunque yo no salga, ese es un excelente regalo de Navidad de parte del Tío Sam, porque mientras yo esté preso pensando en cuándo voy a salir libre, ella va a pensar en los miles de millones que perdió, y eso es bastante equitativo. No reaccionó. Solo levantó una ceja y me dijo: Bueno, vaya a disfrutar de su Navidad. Y me volvió a meter a la celda.»

Pedro Luna lo sacó para divertirse un rato. Dentro de sus diminutos dominios, jugó el mismo juego de sus jefes máximos: liberar, reingresar. Los presos están ahí para ser devorados por los lobos y por los piojos, los mandatarios y los carceleros. Luna quiso usar la carga de connotaciones de la Navidad como un arma para desmoralizar y en parte consiguió su objetivo. El Cap ripostó con agilidad, pero regresó a la celda sin esperanza y como un heraldo de malas noticias. El golpe de Luna entró con mayor efecto cuando el Cap enfrentó la curiosidad de sus compañeros de cautiverio. Querían confirmación de lo que equivocadamente intuían.

«¿Qué te dijeron? –preguntaban ansiosos-, ¿que nos vamos a ir?, ¿vamos libres? Y solo los quedé viendo: Miren, no pierdan la fe en Dios, pero no nos vamos a ir en diciembre, según lo que este hombre dice; más bien los dictadores están enturcados porque acaban de sancionar a la vieja bruja. Después de recibir esa noticia, todos los chavalos se pusieron súper ahuevados. Algunos siguieron creyendo que íbamos a salir libres algún día de ese mes. Otros, como yo, estaban bastante resignados. Preparamos chicha parea alegrarnos. La hacíamos con frutas. Llegó un punto en que me llamaron el fermentador, porque mediante un balde al que le hice un agujero y le instalé un pedazo de manguera que encontré tirado en el patio, ensayé un proceso anaeróbico de fermentación de frutas con agua y azúcar. Era un dispositivo rústico pero eficiente. No era un vino de gran categoría, pero era algo decente que no daba resaca ni diarrea.»

24 de diciembre: «Brindamos por estar vivos»

Diciembre está hecho de hojas de ocote y de chilincocos, de gofios y ayote en miel de raspadura, de canciones y luminotecnia. Las fiestas se tropiezan unas con otras en una dolce vita sin reposo: la Purísima con sus novenas, la Navidad con sus regalos y el año viejo con sus ritos de paso. Y todas las fiestas con su pólvora y algarabía. Diciembre es el mes de los aguinaldos de unos pocos que revitalizan el comercio de otros muchos. La prosperidad salpica y humedece los parajes yermos. Es el mes de las vacaciones prolongadas y los molotes familiares. Por eso en diciembre las luces de las que las ciudades se llenan proyectan sus sombras sobre La Modelo. El aislamiento de la prisión se ciñe la garganta como una tenaza y las ausencias hacen sentir su peso en plomo.

«Esos días nos dieron visitas especiales. El 24 pude ver a mi mama y a toda mi familia. Y cuando los miré, les dije: ¿Qué están haciendo aquí: hoy es 24 de diciembre? ¿Y qué tiene?, hijo, dijo mi mama. Váyanse a la casa, les pedí, alégrense y estén tranquilos. ¿Cómo vamos a celebrar si vos estás aquí? Pues, sí, dije, yo ya estoy aquí, ustedes sigan viviendo su vida, por favor. Aquí quién sabe cuánto tiempo voy a pasar. Yo quería que dejaran de venir para que no sufrieran más y siguieran con su vida. Pedí que borraran toda la lista de mi visita, pero uno de los carceleros que, por decirlo de alguna forma, mejor se portaron con nosotros, no borró la lista. Me dijo que es muy duro y que me volvería loco sin visitas.»

«En esa visita sí lloré. En ninguna otra. Lloré porque tenía a mi familia un 24 de diciembre haciendo fila, sometidos a revisiones, requisas y manoseos. Lloré porque habían venido caminando desde la casa hasta La Modelo en un 24 de diciembre. Y pensé que les estaba arruinando la vida. El dolor que sentís dentro por eso es peor que los golpes, la humillación y el mismo encierro. Ese fue el dolor más grande: pensar que tu familia está fuera, libres físicamente, pero encerrados en el pensamiento de que uno está preso.»

«El mero 24 se miraban las luces de Tipitapa y las de San Benito, y se escuchaba aquella alegría en el cielo y nosotros solo mirábamos de largo. Nos subimos todos a la parte más alta de las celdas, a los terceros camarotes, que son una cama de tres pisos. Solo podíamos anhelar las luces. Algunos rezaban con su rosario, otros solo lloraban. Yo solo pensaba en mi mama. Sabía que ella estaría llorando en ese momento. Después de eso, era demasiado el agobio. Esa situación era demasiado sentimental, demasiado fea. Y lo único que se me ocurrió decir fue: Hombre, ¿qué pasó con la chicha? Algunos nos bajamos y comenzamos a repartir chicha. Brindamos y bebimos. Brindamos por estar vivos y tuvimos un momento de compañerismo.»

«Uno de los carceleros se nos acercó, nos quedó viendo y me preguntó: ¿Tienen chicha? No, le respondí evasivo. El alcohol está prohibidísimo. Mirá, me dijo, si tenés, regalame un vaso; ya ves que ustedes están presos, hoy 24 ustedes están presos, pero yo también, porque aquí estoy con ustedes. ¿Y el 31?, pregunté. También me toca turno –dijo-, así que estamos presos los dos: si tenés un vasito chiquito, me lo compartís. Le di un vaso grande que compartió con los que estaban de turno con él.»

Tal vez las bujías incandescentes arrojaban una luz más mortecina que de costumbre. ¿Alguien cantó Ven a mi casa esta Navidad o Navidad sin ti? La Navidad está llena de canciones que invitan a la nostalgia por su contenido en sí y porque siguen sonando las mismas que todos hemos escuchado desde la infancia. Y, sin embargo, en ese lugar y momento tan poco propicios hubo un destello del triunfo de la resistencia sobre la represión. No podía haber una expresión más acabada de la victoria de los presos sobre sus carceleros que la conquista de su complicidad encarnada en un custodio que pide y bebe la chicha de los presos, el elixir de la libertad, destilado por quienes no la tienen, proscrito como sus fabricantes y servida entre barrotes. Dentro de los altos muros de La Modelo surgió un speakeasy.

Fin de años: tambores, cumbias y amansabolazos

«Y ahí estuvimos viendo las luces desde largo. Solo se escuchaban los cohetes, los cachinflines, la alegría… Algunos cantaron, otros solo lloraban. Era una mezcla profunda. Todos estábamos tristes, pero algunos intentaban ocultar su dolor cantando. El 31 fue aún peor. Creo que fue más doloroso porque era el fin de año y solo pensábamos en nuestras familias. Como había presos de todos los departamentos, cada uno miraba hacia su lugar de procedencia: yo miraba hacia Managua, algunos amigos miraban hacia Matagalpa, otros hacia Boaco y Chontales, como intentando que la vista se remontara más allá de los barrotes y del cielo hasta encontrar a sus familias. Miré a mi alrededor y vi un montón de vistas perdidas en diferentes horizontes. Fueron momentos horribles.»

«De repente, en la galería de al lado empezaron una fiesta. Hicieron sonar los baldes como tambores. Eso fue hacia las doce y media. Nos contagiaron de la alegría y nosotros también empezamos a sonar nuestros baldes. Los aporreamos una y otra vez, y cantamos la Cumbia Sampuesana… lo que sea. Era nuestra manera de olvidar que estábamos ahí, nuestra manera de tragar ese momento, de tragar la hiel con un pedazo de azúcar para que no supiera tan horrible. Y eso sí que les molestó a los guardias. Entraron con perros y con el ejército de la Dirección de Operaciones Tácticas. Le decíamos que estábamos celebrando y ellos respondieron: Ustedes no pueden celebrar, están presos, ubíquense. Llegaron a turquiarnos hasta que nos dorminos. A mí me dieron un amansabolazo en la espalda y otros recibieron más. Ese fue nuestro regalo de fin de año.»

«Al día siguiente, primero de enero, nos despertamos y otra vez nos dimos cuenta de que seguíamos presos. Cada día te dabas cuenta de que estabas preso. Pero ese primero de enero pensamos: Ok, pues, nos toca esta Navidad y posiblemente la próxima. Se respiraba resignación en el ambiente.»