Pandemias y el fin de la filosofía clásica alemana


Por José Luis Rocha

La filosofía occidental ha mantenido como una de sus constantes la oposición entre naturaleza y cultura. Las variantes de sus formulaciones añaden algo más que simples matices pero no suavizan la subyugación de la primera por la segunda: materia y espíritu, cuerpo y alma, sentimiento y pensamiento, instinto y razón, res extensa y res cogitans. La supremacía del elevado raciocinio sobre lo pedestre y tangible ha llegado hasta nosotros con ropajes seculares en la forma de una búsqueda de lo esencial y objetivo y de un desdén por lo cotidiano que alardea de no distraerse con sus ilusorias concreciones.

La naturaleza se ha cobrado muy caro ese desprecio. Entre muchos otros le pasó la factura a Fichte y Hegel, dos paladines del idealismo y por tanto de la supremacía espiritual. Uno murió de tifus, otro de cólera. Unos microorganismos, sin duda ajenos a los magnos designios del Sujeto y el Espíritu absolutos, truncaron una producción filosófica que mostró un olímpico olvido del papel que las pestes y plagas han tenido en la historia. Formas inferiores de vida humillaron al Espíritu no solo con la muerte material de Hegel, sino en su propio terreno: con el mentís a la presunción de que el espíritu tiene la sartén por el mango y con un desafío al historicismo, saliéndose de todos los guiones previstos y expandiendo a cotas inmensas el ámbito de lo contingente. En suma: mataron a la filosofía clásica alemana en el terreno material y en el espiritual.

La naturaleza ha derribado una y otra vez la ascendente flecha del progreso, heredera en parte de esa filosofía y de otras corrientes que, como la Ilustración, alentaron una instrumentalización de la naturaleza. El coronavirus ha desmantelado o al menos ralentizado proyectos que iban a horcajadas sobre esa flecha. Su propagación ha frenado o cuestionado tres componentes claves de lo que llamamos progreso: actividad económica en expansión, urbanización y globalización. No hace falta abundar sobre la actividad económica. En todas las naciones se han hecho proyecciones ominosas sobre el decremento del Producto Interno Bruto en el futuro inmediato. Clientes que ingresan de uno en uno a una sucursal bancaria, compras por internet suspendidas, vehículos que no se usan en semanas y restaurantes vacíos escenifican una distopia en las antípodas del capitalismo. Una de las expresiones más extremas e impensables de la economía tullida es palpable en una producción de petróleo que supera su demanda.

La tendencia hacia la urbanización es predominante. En 1960 apenas el 33 por ciento de la población mundial habitaba en los centros urbanos donde actualmente vive más de la mitad de la humanidad. La dirección de la flecha es nítida: existe una correlación entre prosperidad y urbanización. Y también la hay entre urbanización y expansión del coronavirus. Hay países muy urbanizados que han logrado manejar la pandemia, pero son países con baja densidad poblacional y carentes de grandes ciudades. Nueva Zelanda, por ejemplo, tiene 18 habitantes por kilómetro cuadrado y Auckland, su ciudad más poblada, suma apenas un millón doscientos mil habitantes. Salvo casos excepcionales, los países más afectados tienen grandes ciudades que han absorbido un alto volumen de los contagios y muertes: Madrid, París, Londres, Sao Paulo, Ciudad de México, New York y Los Angeles son megalópolis de entre casi siete y más de veinte millones de habitantes. En Wuhan, el epicentro de la pandemia, viven once millones de personas. París tiene dos millones, pero es el centro de un área metropolitana de doce millones de habitantes. El área metropolitana de Roma tiene un poco más de cuatro millones de pobladores, pero una densidad de 814 personas por kilómetro cuadrado, el cuádruple de la aglomeración de Los Angeles. La urbanización no determina la suerte de una población, pero carga los dados en su contra.

La globalización es la actual nodriza del progreso y también lo ha sido de la propagación del coronavirus. El cólera que mató a Hegel en 1831 había comenzado dos años antes en Persia, Afganistán y Rusia, y le tomó nueve años llegar a Guatemala y Nicaragua. El 17 de noviembre de 2019 se detectó el primer caso de COVID-19 en Wuhan. Cuatro meses después campeaba en Centroamérica. Cómodamente instaladas en vectores que viajan en jets, las acechanzas de la naturaleza no demoran tanto como antes en expandir su influjo. Según el ex primer ministro de Suecia Carl Bildt, hasta antes de que supiéramos del coronavirus había seis vuelos semanales de Wuhan a París, cinco a Roma y tres a Londres, y alta frecuencia de vuelos sin escalas a San Francisco y Nueva York. La conectividad que globaliza lo local y localiza lo global –para gran orgullo de los usos tecnológicos de la razón- nos puso a merced de la naturaleza.

La producción, la urbanización y la globalización han sido severamente afectadas. De su olor a maychamusquina emergen las reacciones románticas que invocan un retorno a la sencillez del buen salvaje y el fin del capitalismo. No diré que sus deseos y propuestas –a veces presentadas como pronósticos ineluctables- son infantiles, sino que son recurrentes, predecibles e inviables, sobre todo porque quienes las enarbolan serían los primeros en no abstenerse de darle cien vueltas al planeta –y no en ecológica bicicleta- para defenderlas en cuantos foros mundiales estuvieran dispuestos a recibirlos.

Necesitamos tomar nota de las señales que cuestionan nuestras formas de vida y nuestros marcos de pensamiento. Pero se necesita mucha más creatividad para enterrar a la filosofía clásica alemana, sus derivados y sus precuelas. El reto está sobre la mesa y pasa por imaginar una relación naturaleza/cultura que no sea de instrumentalización ni de romanticismo, de modo que no nos veamos obligados a elegir entre ser un apocalíptico, un ludita o un negacionista de los desastres que ha sustituido la confianza en los talismanes por una fe ciega en la tecnología.