Un año en la vida del Cap


No todo era resignación y derrotismo en aquel 2018, después de un semestre a tranques y barrancas. No lo era y no lo había sido fuera ni dentro de la cárcel. Las madres organizadas seguían reclamando y contaban con el respaldo de una comunidad internacional atenta a lo que ocurría en Nicaragua. En las entrañas de La Modelo y La Esperanza presos y presas políticas echaban mano de su creatividad y osadía para ensayar la resistencia tras las rejas. Las rebeliones continuaron ahí, en las condiciones más adversas y con los medios más precarios. La primera empezó el 30 de agosto de 2018 con una huelga de hambre.

Por Jose Luis Rocha

Agosto, 2018: primer motín

«La cárcel –cuenta el Cap- para mí también fue una forma de rebelión. Dentro de la cárcel nos rebelamos, dentro de la cárcel luchamos, porque llegamos en un momento en que pensamos en cómo nos tenían: estamos aquí reducidos en las celdas, sin idea de por qué estábamos presos. Vamos a pelear, nos dijimos, vamos a buscar maneras de protestar».

«En ese tiempo se dio la condena de Glen Slate y Brandon Lovo, acusados de haber asesinado al periodista Ángel Gahona. Los declararon culpables sin dictarles sentencia. Entonces dije: Vamos a hacer una huelga de hambre. Y comenzamos la huelga. Nos llevaban la chupeta –así se le llama cuando te llevan la comida- y nadie agarraba un solo plato. Se llevaban de regreso los baldes enteros. Entonces entraba ese al que le dicen el reeducador, el responsable de cada galería. Entró con cuatro custodios, con AKs y con perros. Se llama Pedro Luna y no era reeducador, sino un investigador de El Chipote al que pasaron ahí temporalmente, disfrazado con el uniforme del Sistema Penitenciario. Tendrá cuarenta años, como mucho. Lo voy a recordar toda mi vida. Me llamó y me dijo: Entonces, Cap, ¿están en huelga de hambre? Y siguió: Leí tus antecedentes y vi que sos un hombre inteligente, preparado… ¿y para qué estás en huelga de hambre? No, hombre, le dije, yo no estoy en huelga de hambre, sino que nunca como de esta comida porque le echan bicarbonato y me da asco. ¿Y cómo sabés?, preguntó. Me dijeron los presos comunes y por eso jamás he comido de eso. ¿Y los otros presos?, me dijo. Tal vez amanecieron desganados».

Luna mandó que lo sacaran de la celda y lo llevaran a otro lugar para interrogarlo. «No puede interrogarme, le expliqué, porque la ley dice que ya estoy en un proceso judicial y tengo una medida cautelar preventiva. Y sonrió: Es que no lo voy a interrogar, vamos a platicar. Enchachado, le dije, es interrogatorio. Enchachado, reafirmó, porque sos un preso de alta peligrosidad. Es ilegal y no me interesa, le dije. Bueno, cerró él, salís por las buenas o te saco con los perros. Me sacó y me llevó a una covacha, como le dicen ellos. Me dejó cuatro horas ahí, solo, sin custodio, enchachado. Hasta que volvió: Cap, contame, ¿a qué horas vas a ir a comer? ¿Qué te voy a contar?, pregunté: si la gente no está comiendo, es que no está comiendo y ya, no vamos a declarar huelga de hambre porque ustedes se vendrían contra nosotros. Nosotros, siguió él, queremos saber quiénes son los instigadores y qué es lo que pasa, ¿es porque condenaron a los negritos? Sentí un gran enojo y le dije: Se llaman Glen y Brandon, no se llaman negritos, y sabemos que ustedes los condenaron para no meter preso al hijueputa policía malparido que mató a Gaona. Ya veo que todavía tenés huevitos, dijo él y ordenó que me golpearan en el abdomen con el amansabolos rodeado por una toalla mojada para que no dejara moretones. Te voy a meter ya, dijo, porque con ese dolor en la panza ahora sí que no vas a querer comer».

«Después de que otro de los compañeros confesó que sí estábamos en huelga de hambre, llegó la directora del penal. Nosotros, dijo, somos un Sistema Penitenciario que tenemos la gran virtud de ser reconocidos como una institución humanitaria y que respeta los derechos humanos, una de las mejores cárceles con las mejores condiciones en toda Latinoamérica, y bueno, jóvenes, yo sé que están en huelga de hambre, que es una forma de protesta pacífica que ustedes están ejerciendo, y nosotros entendemos que están en un momento difícil porque han cometido delitos y tienen que pagar, y yo, como entiendo las luchas sociales, voy a cooperarles. Nos sacaron a toditos al patio y nos desnudaron, las manos contra la pared del galerón. Nos imaginamos lo peor. Pensamos que nos iban a rafaguear. Cuando miramos hacia la galería, vimos que estaban sacando toda nuestra comida: avena, leche, pichingas de agua… todo lo que nos habían llevado nuestras familias. Todo nos lo robaron. La directora nos sentenció: no tienen agua ni luz, y ya no tendrán nada que comer porque no vendrán a dejarles comida. Y remató: Esa es mi colaboración con su huelga de hambre, lo hago para incentivarlos y para que miren que apoyamos su lucha social. Ni siquiera nos sacaron la basura en toda la semana que aguantamos en huelga. Soportamos la sed porque se olvidaron de vaciar la pileta y nosotros bebíamos de poquito en poquito, administrando el agua. Cuando se nos acabó. Ya no pudimos más y tuvimos que ceder. Trajeron la comida y todos agarramos. Tuve que comer. Sabía asquerosa. Era como comer vómito de perro».

Febrero, 2019: segundo motín

«Con el tiempo fuimos agarrando huevitos porque éramos más. Ya en mi galerón éramos noventa. Yo decía: somos noventa, ya le hacemos huevos, si vienen contra nosotros nos ponemos al brinco y podemos resistir algo: nos van a reventar, pero más de algún derecho vamos a alcanzar».

Probablemente no era solo un asunto de número, aunque ese factor también contara y fuera medible. Era también un asunto de adquirir sentido de cuerpo. Con ánimo de provocar, Frédéric Gros dice que «tal es la lección ‘demasiado humana’: solo en la obediencia nos juntamos, nos parecemos, dejamos de sentirnos solos. La obediencia crea comunidad». Pero Aleksandr Solzhenitsyn, que sí sabía de solidaridades en el cautiverio, era de otra opinión: «En la celda, ves por primera vez a otros hombres que no son enemigos. Coincides por primera vez con otros hombres vivos que siguen tu mismo camino y con quienes puedes fundirte en una gozosa palabra: nosotros». Los presos en La Modelo habían logrado construir ese nosotros. Y por eso en esta narración va apareciendo cada vez más el uso del nosotros.

«Tuvimos un chavalo que nos convulsionó cuatro veces y no venían a atenderlo. Lo que hicimos fue sacar colchonetas y prenderles fuego a la orilla de los portones. Prendimos fuego y comenzamos a golpear los portones con hierros y con palos, con todo lo que logramos arrancar. Hasta que llegó un montononón de guardias de la Dirección de Operaciones Tácticas, la DOT, haciendo ruido con sus AKs. Llegó el médico y le dijimos: esta es el enfermo. Le agarró el brazo, le puso una dipirona y después se retiró. Se acercó el director de la DOT y nos dijo: Si siguen jodiendo, entramos y los desbaratamos; ya se les atendió el enfermo, ya cálmense. Y nos calmamos, pero guardamos los residuos de las colchonetas quemadas por si los necesitábamos de nuevo. Ahí fue que nos dimos cuenta de que teníamos que rebelarnos, hacer algo, para no estar así, peor que animales callejeros pero encerrados, solo esperando la muerte».

«La segunda revuelta vez fue cuando hubo un traslado de celda y los chavalos de unas celdas los pasaron a la galería de enfrente. Algunos de ellos nos pasaron saludando porque nos conocíamos. Por ejemplo, estaban trasladando a este chavalo de Matagalpa, Dillon, y a Francisco y Manuel Tijerino, que son de los casos del Movimiento 19 de Abril de Matagalpa. Dillon nos empezó a saludar y alguien gritó ¡Viva Nicaragua libre! Los de mi galería cantamos el himno nacional. Y entonces uno de los policías se desquitó el enojo con los que estaban trasladando y varios custodios les dieron: bangán, bangán… Los golpeaban y nosotros mirábamos eso. Nos lanzaron una bomba lacrimógena que rebotó y les cayó a ellos mismos. Al ver eso, nosotros dijimos: Ni modo, démosle, pues. ¿Qué vamos a hacer?, nos preguntábamos unos a otros hasta que Pachecón dijo: Ideay, tirémosles bolsas de pinolillo. A pinolillazos, pues. Comenzamos una guerra de pinolillo y avena contra la guardia. No teníamos nada más, o eso creímos hasta que vimos las pelotas de jabón. Se las tiramos. Esas duelen como pedradas. Se dejaron venir contra nosotros después de malmatar a los de afuera y meterlos a sus celdas. Nos tiraron de regreso nuestras bolas de jabón y también piedras del patio. Hubo un montón de chavalos lesionados. Fue un motín que comenzó de la nada. Y terminó con más bombas lacrimógenas. Cuando miramos, todo el pabellón se miraba blanco. Agarrábamos las bombas y se las devolvíamos, aunque nos quemamos porque esas chochadas son calientes. Pero ellos tenían máscaras y nosotros nos estábamos asfixiando».

«Yo quería que los presos comunes nos grabaran y había visto que ellos estaban quemando un colchón arriba. Me subí a lo más alto de nuestra celda, desde donde nos divisaban los presos comunes. Metí un colchón y le pegué fuego, y vi que un guardia se acercaba con un extintor. Quería que grabaran eso. Pero no era un extintor sino un arma con el que me lanzó gas pimienta a la cara. No podía ver y salté al suelo y caí como gato. Un amigo me echó calamina. Eso me salvó. Cuando pude ver, me di cuenta de que todos se estaban ahogando. No teníamos agua. La habían cortado y habían vaciado las piletas con un control desde afuera. Glen y Brandon, con su particular acento, me dijeron: Cap, se nos están muriendo toditos los viejos, están vomitando sangre. ¿Qué hacemos?, pregunté, ¿nos rendimos? Y fui a la puerta y hablé con el alcaide de la prisión, Alaniz. Paremos esto, me dijo. ¿Por qué lo vamos a parar?, dije haciéndome el fuerte, aquí tenemos para aguantar un buen rato. Mentira: ya no teníamos nada, estábamos reducidísimos. Ahí me di cuenta de que les daba miedo matarnos: matarnos a todos de forma masiva. Nos necesitaban vivos. Aprovechamos y pedimos que sacaran a los señores y que él entrara a la galería. Entró custodiado por un chelote enorme con acento cubano. Alaniz nos explicó que ya había dado la orden de que no los siguieran lanzando gas lacrimógeno y que nos trasladaran a una mejor galería. Y así lo hicieron».

Victor Hugo habla de «las fuertes pisadas y los zapatos claveteados del carcelero… el tintineo de su manojo de llaves… el rechinar ronco de los cerrojos», elementos que infunden pavor entre los reclusos. Ese temor fue vencido por el nosotros. «¡No estás solo en el mundo! ¡Aún quedan seres inteligentes, con alma: aún quedan personas», fue el descubrimiento de Solzhenitsyn que también hicieron en La Modelo.

Escaramuza por la basura y tercer motín

«Una vez nos dejaron tres semanas sin sacarnos la basura. ¿Te imaginás toda la que pueden acumular ciento veinte personas? La agarramos, la echamos en bolsitas y la tiramos al patio. Trasladamos toda la basura de adentro al patio. El tufo les llegaba a ellos y tuvieron que recogerla. No nos dijeron nada: solo la recogieron. Solo un guardia nos preguntó: ¿Por qué hicieron eso? Le respondimos: Porque no han venido a retirarla y cada vez que hagan eso, la vamos a aventar al patio, y si nos van a turquiar otra vez, pues nos vuelven a turquiar, ok, ¿qué vamos a hacer, si así funciona esto? ¿Así funciona?, preguntó. Sí, dijimos, porque a ustedes les encanta turquiarnos y a nosotros nos fascina darles motivos. No, hombre, nos dijo, vamos a venir semanalmente a sacarla. Y así fue como llegamos a un estatus carcelario de mayores libertades, por decirlo de alguna manera: ya sentíamos menos el yugo de la cárcel. Habían visto que no reaccionábamos de una forma dócil a la represión, sino reactiva, agresiva. Nos ganamos ese estatus».

«Para el siguiente amotinamiento ellos crearon las condiciones. Venían y nos decían: Dicen que mañana se van, ya están firmando los acuerdos. Pero era mentira. Lo decían para atormentarnos. Pero veíamos que seguían construyendo galerías; sabíamos que esa prisión iba para largo. Mes tras mes siguieron con su cuento de que nos liberarían. Hasta que un día uno de los reeducadores nos dijo: van a salir, alisten sus cosas porque mañana se van. Nosotros lo creímos y le regalamos toda la comida a los presos comunes. Al día siguiente nos dimos cuenta de que era una burda mentira. Nos enojamos y desbaratamos el techo. Y nos salimos. Esa vez nos filmaron desde la galería 300 y el video circuló mucho».

«Habíamos aguantado muchas palizas, como las que cada semana me daba Pedro Luna, golpes que me dejaban defecando sangre. Hasta que nos rebelamos por completo. Salimos al techo y después nos tomamos dos manzanas del perímetro. Les dijimos: Si ustedes entran nos van a matar a todos, pero nosotros vamos a matar a algunos de ustedes. Buscaron cómo someternos. Primero nos cortaron el agua y la luz. Nos pasamos siete días así, solo con la avena que teníamos. Pero nos faltaba el agua y por eso los chavalos empezaron a cavar. Cavamos y cavamos hasta que encontramos un tubito con un chorrito de agua. No era suficiente para todos. Seguimos cavando y encontramos los conductos de los tanques de gas. Iban desde afuera hasta la cocina de La Modelo. Era nuestra oportunidad de negociar. Llamamos a Chacón, otro reeducador, uno muy profesional. Nunca nos faltó al respeto. No necesitaba levantar la voz. Era una persona distinguida entre ese montón de lacras. Le dije: Mire, Chacón, pónganos la luz y el agua en diez minutos o les reventamos la tubería del gas y aquí vamos a volar todos. Me quedó viendo y mandó poner el agua. Hubo gran euforia: todos atascándonos de agua. Chacón nos dijo: Van a tener el perímetro para ustedes, pero nunca crucen esa vayas; si las cruzan, los matamos».

Los presos conquistaron un régimen semiabierto que duró un mes. Se unieron los reos de dos galerías, las dos galerías liberadas, y entraban y salían de las celdas a voluntad, pasando la mayor parte del día en el extenso patio común. «Cuando había mucho sol, nos metíamos, y por la noche salíamos a disfrutar las estrellas».

Asesinato de Eddy Montes

«Un día uno de los guardias sapos, desde el torreón que está en la galería 300, estaba gritando: Tranqueros de mierda, hijueputas. Nadie le estaba poniendo mente. Y entonces disparó hacia el perímetro. No disparó a dar, pero sí de modo que las balas nos llegaran cerca. Él estaba como a treinta metros. Otra cosa que nos hicieron fue mandarnos de nuevo a un guardia que era nefasto. Le decíamos Mayorga porque verlo a él es como si estuvieras viendo al boxeador Ricardo Mayorga. A ese no queríamos verlo ni de lejos porque nos había bañado en gas pimienta y le había reventado los dientes a uno de los compañeros. Al ver a Mayorga, los chavalos se comenzaron a insolentar: Vas a ver, Mayorga, aquí no te queremos ver. Llamamos a Chacón y le pedimos que cambiaran a ese custodio. Chacón dijo que lo iba a cambiar, pero no lo hizo tan pronto. Los chavalos siguieron gritándole cosas. Y él respondía: Sus familias están afuera, acuérdense de eso, hijueputas, nosotros los cachorros vamos sobre su familia. Los chavalos se prepararon con piedras, pero alguien los convenció de que no las tiraran. Como a los cinco minutos, cuando tocaba el cambio de turno y Mayorga se iba, los chavalos solo le gritaban ‘Vas jalado’. Entonces él nos lanzó una bomba lacrimógena. Uno de los chavalos agarró la bomba y la sembró en un charco de agua para que no nos hiciera nada».

«Al mismo tiempo comenzó otra trifulca junto al portón. Trataron de derribarlo. Los guardias de los torreones solo nos quedaron viendo y nos apuntaron. Un guardia de la 300 empezó a disparar y nosotros no nos movimos. De repente vino un grupo enorme de tropas de la DOT de la 300. Nos dispararon a los que estábamos protestando en el portón. Una ráfaga de derecha a izquierda. Todos nos tiramos al suelo. Otra ráfaga de izquierda a derecha. Don Eddy Montes todavía seguía de pie porque era un anciano y no podía moverse tan rápido como nosotros. Quedó viendo, se tocó y dijo: Jobero, me dieron. Cuando nosotros vimos eso -ese montón de sangre-, intentamos levantarlo y el guardia del torreón que estaba encima de nosotros comenzó a tirar a la orilla del cuerpo de don Eddy para que no lo levantáramos. Entonces comenzamos a agarrarlos a pedradas. Le tiramos a dos torreones, los dos que tenían guardias. Tardaron como quince minutos en llevarse a don Eddy, mientras él se desangraba. Cuando llegaron los doctores del sistema, él parecía muerto. Llevaba los ojos blanquecinos».

Los presos fueron dominados por la ira. Lanzaban piedras a todos los guardias que estaban a su alcance. Sobre ese bullicio, irrumpió un sonido hasta entonces desconocido: un taconeo estentóreo de botas, golpes rítmicos sobre los escudos y gritos.

«Y veo que se nos viene encima una gran piña de zopilotes: como trescientos guardias de la DOT, todos golpeando. Escuché a Marlon que venía gritando: Dieron la orden de matarnos. Miré al cielo. Recuerdo que estaba azulito ese día. Nos lanzaron docenas de bombas lacrimógenas. Eran un montón y daban vueltas en el aire. Bañaban de humo todo el perímetro. Después se oyeron balazos sin pausa. Corrimos hacia los galerones. Los torreones volvieron a tomar posición y dispararon hacia dentro del galerón. Todos estábamos en el suelo escuchando cómo se desbarataba el concreto, el hierro, todo lo que las balas tocaban. Nosotros pensábamos: se murió uno, ahora todo les vale verga y nos van a matar a toditos».

«Finalmente lograron entrar a los galerones. A los del primer galerón que abrieron les fue peor. Bañaron toda la pileta de agua con gas pimienta. Y a un chavalo al que desnudaron y golpearon, lo metieron ahí hasta casi ahogarlo, bañado de gas pimienta. Y comenzaron, uno tras otro, a hincarlo con el dedo en el ano y a patearlo. Y así fueron galera tras galera. Hicieron lo que quisieron. Hasta que llegaron a mi galera. Entraron Chacón y Alaniz, que para entonces ya había sido ascendido a director del penal. Chacón dijo que no nos harían nada. Alaniz salió con un grupo de nosotros y les decía a los guardias: A ellos no los golpeen, ya a nadie golpeen. En lo que voy caminando, sentí un golpe en el brazo y otro en el costado. Me dieron con un amasabolos antes de darme en el pie y hacerme caer sentado. Llegó Alaniz y ordenó: Te dije que la no los golpearas. Me vale verga, estos perros somocistas tienen que morirse, le respondió el guardia al Director del sistema penitenciario. Nos agarraron, nos tiraron contra la cuneta, nos desnudaron de nuevo y comenzaron a patearnos. Gritaban: Somos los cachorros de Sandino y somos los cachorros del comandante, y el comandante Daniel se va a quedar, quieran o no quieran ustedes, perros somocistas».

«Y el director del penal solo se agarraba la pelona y decía: Ya no, ya no, ya no. Era un odio increíble, una locura política, un fanatismo. Nos rociaron gas pimienta. En lo que estaba vomitando, me levantaron la cabeza tirándome del pelo y me lo echaron en la boca. Solo sentí que aspiré y me desmayé, no sé por cuánto tiempo. Hasta que me echaron agua y me untaron calamina. Había un guardia que sí tenía una gran consideración con nosotros y él me echó agua y limón. Entonces escuché: Dale, huejueputa, llegaron los gringos, corran. Y salieron corriendo, toda la tropa, burlándose: Ya vieron que los desturcamos, hijueputas, somocistas, vendepatrias, comemierdas; ni diez minutos nos aguantaron, cerotes. Me logré incorporar y miré a Marlon tirado por allá, sobre un montón de sangre. Casi lo matan esa vez. Tiene diecisiete puntadas en la cabeza. Le reventaron la cabeza con los amansabolos. Miré que las paredes estaban rociadas. Y miré que entró Laura, de la Cruz Roja Internacional. Ella me quedó viendo y yo le dije: Nos mataron a uno. ¿Qué tenés?, preguntó. Hay otros peores, dije. Y comenzaron a atendernos. Laura exigió que nos enviaran quien nos ayudara».

«Pero más nos atendimos entre nosotros. Yo tenía un montón de calamina. A un muchacho de Matagalpa le echaron gas lacrimógeno dentro del ano. Lo abrieron de piernas y le echaron en el ano. El muchacho gritaba y gritaba y gritaba y corría. Cuando me logré levantar, me fui detrás de él con tres tarros de calamina, pero él se metió a la pileta que estaba llena de gas pimienta. Salió gritando más y se tiró al suelo y se comenzó a revolcar. Lo agarré, lo puse sobre un camarote de concreto y lo bañé de calamina».

«Después de eso pusimos la radio. Escuchamos que el señor estaba muerto. Había corrido la noticia. Pasó algo raro ese día. En la galería se hacían cultos y casi nadie iba. Ese día todo el mundo fue al culto. Hasta yo. Y lloramos y lloramos juntos. Por la radio escuché a mi mama declarando: Mi hijo está ahí dentro. Fue un momento dolorosísimo: llovía recio y mi mama estaba a las puertas de La Modelo, sin saber si su hijo seguía vivo».

El Cap creció en una iglesia evangélica de la que se emancipó a los dieciséis años. También se emancipó del FSLN, un poco más tarde, y se convirtió en uno de los uno de los minúsculos, de los puchitos, como los llama la Vicepresidente. El espejo le mostraba lo muy puchito que Ortega y Murillo querían que fuera. La cárcel lo había aplanado, sobre todo al inicio. «Nada es peor, en la cárcel, -dice un personaje de Arthur Koestler- que la conciencia de la propia inocencia, porque impide la aclimatación y mina la moral.» Y ese era el caso de todos los que estuvieron ese año en La Modelo. Sin embargo, ahí construyeron un «nosotros» que los sacó a flote. Aunque nunca faltaran los episodios de nuevos hundimientos, ese «nosotros» fue su mayor conquista, además de los espacios de libertad. «No fue fácil me explica el Cap-; peleamos adentro para conseguirlos. Nos costó, pero lo logramos».

Lo hicieron a punta de revueltas tras las rejas. El único motín masivo previo en La Modelo tuvo lugar en 1999, cuando el sistema penitenciario estaba bajo la dirección de William Frech. Alrededor de doscientos prisioneros participaron y veinticinco resultaron severamente heridos.

Los reos políticos protagonizaron varias revueltas y muchas escaramuzas. Pagaron un alto precio por eso. Pero dejaron su impronta. Victor Hugo escribió que un día en especial se desataba la rebeldía de presos: era el día en que les ponían los grilletes a los condenados a trabajos forzados, que hacían burlas y bravuconadas recibidas con aplausos y júbilo por la multitud: «Ya podía la sociedad estar representada allí por los carceleros y por los amedrentados curiosos: el crimen se reía de ella en sus propias barbas, convirtiendo aquel castigo terrible en una fiesta familiar.» Los reos políticos de La Modelo hicieron varias fiestas de la libertad y se rieron en las narices de custodios, reeducadores y guardias de los torreones. Y pagaron un alto precio.

Sus desafíos quedaron inscritos en las paredes de La Modelo. Al salir a formar parte de una multitud en resistencia, en muchos casos han confirmado el pronóstico del revolucionario ruso Victor Serge: «Sufriendo en común se endurecen, adquieren temple, se apasionan. Tarde o temprano, evadidos, amnistiados –gracias a las huelgas generales- o liberados provisionalmente, se reintegrarán a la vida social como revolucionarios ‘veteranos’ o ‘ilegales’, ahora mucho más fuertes que nunca».